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    1/26/2008

    Niños y niñas abandonados

    De esta realidad que ya avancé en un correo, ya tenía conocimiento antes de llegar a Bolivia, muchos de los inmigrantes que viven en España hacen referencia a ella y muchos son los servicios sociales que la han detectado. Es ya conocido el problema que está creando la inmigración del Sur hacia los paises europeos, en el desarrollo de la infancia. Son numerosos los niños y niñas que ven como sus padres o madres, y a veces ambos, marchan a Europa quedándose ellos bajo la tutela de los abuelos, tíos o vecinos. Estas situaciones están creando serios problemas de desarrollo en estos niños desenvocando muchos de ellos en comportamientos asociales como las bandas callejeras, cuya reproducción comienza a vivirse en Europa ante la falta de adaptacíón de estos niños y jóvenes a la nueva sociedad de acogida. Sin embargo, este es un primer nivel en el problema que estamos tratando, ya que no todo hijo de aquellos que deciden emigrar desenvoca en situaciones de este tipo.
     
    Pero si que es cierto que muchos de los casos de delincuencia juvenil o niños que terminan en situación de calle, han sufrido la dura realidad de sus padres emigrados.
     
    Pero el problema del abandono infantil se presenta de una forma más violenta en otro tipo de situaciones muy arraigadas en la realidad social con la que trabajan los proyectos con los que estoy en contacto. Son numerosos los padres o las madres que acuden a la Hna. Adelina o a la residencia femenina Madre de Dios buscando dejar acogidos a sus hijos o hijas porque no pueden hacerse cargo de ellos, o mujeres gestantes que no desean tener a sus hijos y buscan la forma de ubicarlos en algún sitio antes de abandonarles. En este segundo nivel, a pesar de la crudeza de la situación esos niños acaban ingresando en alguno de los centros de acogida que existen y al menos tienen la oportunidad de poder ser acogidos por una familia de acogida o de tramitar su adopción a través de los servicios sociales. Por supuesto las hermanas o el personal que atiende este tipo de centros previamente intenta trabajar con la madre o la familai para que ese niño permanezca en su entorno.
     
    Pero todavía existe un tercer nivel de abandono mucho más cruel, ya que nos hemos encontrado con casos de total abandono. En estos momentos hay hospitalizado un niño que sufre desnutrición severa. Tiene cuatro años, pero su cuerpito parecía de dos. Vivía con su padre alcoholico y le estaba dejando morir de hambre. Otras veces los niños son abandonados directamente en las puertas de las Iglesias o de los centros sociales, como es el caso de Eduardo, un muchacho en situación calle, de 24 años, que me contaba como su familia procedente del campo lo trajo con cuatro años a Cochabamba y le dejo en la Iglesia de San Antonio, diciendole que esperase allí y que pronto vendrían a buscarlo. Él todavía lo recuerda y todavía sigue esperando para que vengan a buscarlo.
     
    Muchas veces en estas sitauciones de abandono incide que el niño presente alguna mal formación, enfermedad o discapacidad. Los padres consideran a estos hijos una carga con la cual no pueden hacer frente, dada su realidad social y de pobreza. La semana pasada tuvimos que ir a convencer a un padre para que permitiese la operación de transplante de riñon de su hija de 19 años, porque decía que ya había gastado todo su dinero en ella a lo largo de los años y que si su madre viviese haría lo mismo, porque ya lo hizo con su hermano mayor.
     
    En unas jornadas sobre globalización y la situación de la infancia en Bolivia, se hablaban de estos temas. Uno de los planteamientos, ciertamente interesante, era trabajar con las familias para poder enraizar a esos ñiños en su entorno y evitar la instutcionalización de los mismos en centros. Porque también un estudio decía que un buen porcentaje de los niños residentes en centros de acogida acababan en la calle o delinquiendo. Sin embargo, cuando visité los centros de acogida para niños y jóvenes abandonados, me dí cuenta de la dificultad de llevar a cabo dicho planteamiento. Ya comenté cómo en una sala de recien nacidos podíamos encontarnos con un centenar de niños. Cuando la realidad de abandonos resulta cuantitativamente mayor que el número de recursos para trabajar en clave de inserción familiar, no sé si queda otro camino que la acogida asistencial en centros. Por otro lado, trabajar la inserción social y laboral de los adultos, es decir sus padres, resulta sumamente difícil, cuando las tasas de desempleo, analfabetismo, infravivienda, alcoholismo, son tan elevadas.
     
    Como en otras muchas realidades de Bolivia, una vez más, da la sensación de que en la intervención social sólo es posible aplicar paños de agua caliente o parches. Es como intentar vaciar el mar con cubos de playa.
     
     
    1/24/2008

    Los linchamientos

    Hace unas semanas, cuando me dirigía en taxi - trufi al proyecto de la Hna. Adelina, me llamó la atención una noticia que estaban radiando en ese momento. El locutor anuciaba con cierta satisfacción que habían detenido a dos delincuentes que se dedicaban al robo de motos y motocicletas. Uno de ellos había sido capturado por los vecinos del barrio y lo lincharon. Según el locutor tenía alrededor de 23 años y se hayaba mal herido en el hospital. La noticia circuló por todas las radios y periódicos.
     
    No me pude imaginar, en ese momento, que al día siguiente podría oir el relato de ese linchamiento en boca de la madre de aquel muchacho, en un tono bien distinto al que escuche el día anterior. Por la madre supe que finalmente el muchacho había fallecido. Venía a solicitar de la Hna. que le ayudase con el cajón (ataud). Se trataba de una familia afroboliviana, cuya cabeza de familia era esa mujer que yo estaba escuchando, viuda con varios hijos a su cargo y que vivían en un pueblo de las afueras de Cochabamba. Con lágrimas en los ojos esa mujer nos relató crudamente todo el sufrimiento que había vivido su hijo, lo vió con sus propios ojos, hasta que tuvo que huir, porque también quisieron lincharla a ella, por el mero hecho de ser su madre. Eso evitó ver como quemaban a su hijo vivo, después de haber sido arrollado maniatado por varios motoristas. Parece ser, según la madre, que el muchacho acusó a algún policia de ser cómplice de los robos, así que los policias que le custodiaban se desentendieron de él y fue arrastrado por una masa enfurecida que impartió su ley sin piedad.
     
    La madre se preguntaba porque había ido la policia a su casa para tratar de investigar los hechos y no había estado protegiendo a su hijo el día del linchamiento.
     
    Ciertamente el muchacho era culpable de robo, pero lo que cabe preguntarse es porqué un pequeño ratero despierta esa ira incontenible en una comunidad. Porqué otro tipo de delincuentes lo único que despiertan es resignación, cuando no indiferencia. Políticos acuasados de malversación de fondos, empresarios que incumplen normas y se enriquecen a costa de fraudes, médicos que inclumplen las mínimas normas de su código deontológico. Podría contar casos concretos de este tipo de delitos, pero no es el momento y menos en una página como ésta. Sin embargo, nadie levanta un dedo, ni siquiera para acuasar.
     
    ¿Qué ocurre en una sociedad para que se dé este tipo de situaciones? ¿Por qué las víctimas son siempre víctimas, incluso de esta violencia desatada de sus vecinos? No es este el único caso. Ya dí cuenta en algún correo de las agresiones que sufren a diario los muchachos en situación de calle. Bolivia junto a Guatemala, parecen ser todavía países donde está fuertemente arraigado el linchamiento. Deberíamos averiguar porqué la ira de un pueblo se vuelca sobre sus víctimas y no sobre sus verdugos.