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5/28/2008 Cuando la dignidad sólo se encuentra con la muerte.Isaac después de luchar toda su vida por encontrar la dignidad, al final de sus días la encontró. Bueno, en realidad no sé certeramente si su nombre era Isaac o cualquier otro. Para todos nosotros era el abuelito. Lo conocimos después de ser atropellado por un coche en una gran avenida. El abuelito quedó en silla de ruedas y con el habla muy reducida. Así que nada sabemos de él. Quizá sólo el nombre, porque la primera vez que entró al Buen Samaritano todavía balbuceaba Isaac a la pregunta de ¿cómo te llamas?, pero pocas palabras más. Lo que sí podíamos deducir por sus condiciones es que era un hombre de la calle, que seguramente había vivido una vida nómada por las aceras de Cochabamba o de cualquier otra ciudad de Bolivia. Es posible que en su juventud fuese lustrador, acarreando día y noche su cajón de limpiabotas. Seguramente ya de adulto se dedicó a la venta de baratijas por los mercados y las ferias o simplemente a la mendicidad y al alcohol.
El abuelito poco a poco salió de la gravedad del accidente, aunque nunca recuperó su movilidad y el habla. Así que consideramos que el Buen Samaritano ya no era un lugar apropiado para él, ya que es para enfermos temporales y no especialidado en geriatría. De este modo, la Hermana le buscó un hogar propio para personas mayores, también regentado por unas religiosas. En un principio, el abuelito fue aceptado en el hogar y pensamos que esta iba a ser la opción más adecuada para su situación.
Sin embargo, pocas semanas después recibimos la visita de una de las religiosas del hogar de las que evitaré, a pesar de las ganas, cualquier identificación. Esta religiosa nos vino a decir que nos devolvían al abuelito porque en su hogar no podía estar. No estaban preparadas para este tipo de situaciones. No entendimos muy bien a que situación se refería y porqué no había cabida para el abuelito, si ese era un hogar para personas mayores con discapacidad. Así que la hermana se negó a volver a acoger al abuelito, considerándo que era responsabilidad del hogar donde lo habíamos derivado.
Pero al día siguiente comprendimos porqué el abuelito no podía estar en ese hogar. La Directora misma del hogar volvió muy airada para decirnos que teníamos la obligación de quedarnos con el abuelito, porque el personal de su hogar no lo podía atender. El abuelito sufría ya de incontinencia y necesitaba apoyo para comer, parece ser que en ese hogar no estaban dispuestos a limpiar a sus residentes, ni a ayudarles para realizar sus necesidades básicas. ¿Pero qué clase de hogar es ese? La verdad es que el abuelito cuando salió del samaritano comía solo y era capaz todavía de pedir para sus necesidades. Después de razonar que no era lo más adecuado acogerlo en el Samaritano, la Directora del hogar se marchó mucho más airada de lo que vino.
Lamentablemente al día siguiente nos encontramos al abuelito en la puerta de la verja de Solidaridad, con su maleta desvencijada y en su silla de ruedas. Él solo, aparcado como un trasto viejo. Las religiosas habían botado al abuelito de su hogar y nos lo habían dejado en la puerta. Cuando cogí su silla de ruedas para meterlo dentro de Solidaridad, pensé que a las que tenían que haber botado era a sus empleadas que se negaban a cuidar de él. Las condiciones en las que lo encontramos eran terribles. Ya no hablaba nada, estaba sucio, mojado y olía mal, su mirada perdida y fija en los ojos de quienes nos parábamos enfrente para preguntarle.
Después de una llamada airada al hogar de ancianos, el abuelito, empujado en su silla, volvió de nuevo al Samaritano. Ese iba a ser el lugar donde viviría sus últimos días. Los residentes lo acogieron con agrado. Todos cuidaban de él. Incluso los que ya lo conocían se alegraron de su regreso. Víctor, el cuidador, lo atendía con suma paciencia. Todos los días se ocupaba de su aseo. El abuelito poco a poco fue de nuevo recuperando un aspecto más sano, sin embargo ya nunca se recuperó y, así, fue perdiendo cada vez más facultades y su salud, hasta que tuvo que ser hospitalizado.
En el Hospital era visitado todos los días por la Hermana y por Demetría, la enfermera de Solidaridad. Ellas se ocupaban de sus medicinas y de enviarle todos los días los saludos de cada uno de los residentes del Samaritano. El abuelito, incluso el día de antes de morir, intentaba balbucear algunas palabras, posiblemente de agradecimiento.
Después de varias semanas hospitalizado, el abuelito falleció. Su cuerpo fue velado en el comedor del Samaritano, rodeado de todos sus compañeros, incluso los más jóvenes. La Misa fue realmente emotiva, porque cada uno recordó algo significativo del abuelito, aunque ninguno sabíamos nada de su vida. Pero todos estábamos seguros de que los últimos días que pasó con todos nosotros, habían sido los días más significativos y configuradores de toda su vida. 5/23/2008 El Evangelio al revésDía del Corpus Christi. Gran celebración en la Catedral de Cochabamba. La plaza engalanada. Jóvenes dibujando alfombras de flores en las calles. Yo me adentré curioso y expectante por el crucero de la Catedral para colocarme, al otro lado, en un discreto banco de la nave lateral.
Vaya, pensé, lo tienen todo preparado. Había varias filas de bancos vacios, reservados. Y pensé: qué detalle, seguro que son para los pobres, para que pasen a primera fila. Pero cual fue mi sorpresa, de pronto unas melodías militares que se acercaban, atrajeron mi atención. Poco después la banda se escuchaba ya en la puerta principal. Alguien abrió el gran portón. Cesaron las marchas militares y por el pasillo de la nave central irrumpieron el Sr. Prefecto rodeado de los mandos de los tres cuerpos del ejército y la policía. A paso marcial fueron ocupando todas las bancadas vacías de primera fila. Cuando pasé a comulgar pude apreciar que no habían sido reservadas para los predilectos del Padre, porque en una esquinita de cada banco nombraba a sus ocupantes: policia, tierra, mar, aire, etc.
"Cuando vayan a un banquete, no se afanen en ocupar los primeros puestos, no sea que venga alguien más importante y les ordenen ocupar los últimos lugares"
Lamentablemente todos estos hermanos principales no sólo ocuparon los primeros puestos físicos. También fueron los primeros en ser saludados al inicio de la homilia que pronunció Monseñor quien, claro está, presidía tan noble celebración. También, al final en la procesión, fueron los primeros en desfilar. Eso sí, tras el Santísimo y las autoridades eclesiales. Tampoco faltó el palio.
Bueno, finalmente los pobres estuvieron presentes, al menos en la homilía y en algún rincón de la Catedral. Por supuesto, ocuparon un puesto importante en las palabras homeléticas de Monseñor. Sin embargo, eché en falta alguna alusión a las causas de la pobreza, a los pecados comunitarios, personales y estructurales que generan esas realidades de pobreza, y, sobre todo, eché en falta alguna directriz o recomendación para que cada uno de los que allí estábamos presentes pudiesemos hacer algo como signo de conversión. La alusión a la pobreza quedó, como viene siendo habitual en nuestra querida Iglesia, como una anecdota retórica que flota en el aire, pero sin ninguna posibilidad de ser signo visible del crucificado / resucitado.
Y es que claro, también viene siendo habitual en la Iglesia, que aquellos que están con los pobres y denuncian la injusticia, suelen ser sospechosos de hacer política y de meterse en cuestiones que no competen a la fe. Sin embargo, yo me pregunto si a caso no es política estar del lado de los poderosos y principales, cediendoles los primeros puestos de las catedrales. Yo creo firmemente en que también eso es hacer política. Así que estamos en paz, Ustedes hermanos de la ortodoxia hacen política y nosotros también.
Claro que, además, los signos que venimos utilizando en determinadas celebraciones deberían aparecer bajo sospecha, sin embargo son defendidos como tradición eclesial. Y es que las confusiones son tremendas. Qué tiene que ver un palio, un trono dorado para el celebrante principal, etc. con la tradición litúrgica del pueblo de Dios. Creo que poco o nada. Más bien eso son signos de otros tiempos en los que la Iglesia estaba más cerca del poder que de un camino evangélico. ¿No habrá que ir cuestinando esta serie de manifestaciones como antievangélicas? ¿De que somos testigos en el mundo de hoy? ¿Qué comportamientos, tomas de posturas, etc. escandalizan más a la gente de a pie, a los pobres, a los humildes?
"Ay de aquellos que escandalicen a uno de estos mis pequeños". Dijo Jesús a los fariseos. "Hagan aquello que dicen, pero no hagan lo que hacen". Y es que luego hay eclesiásticos y láicos de bien que se extrañan de que, en Bolivia, los pobres y las clases populares se alejen constantemente de la Iglesia e incluso se opongan a ella como enemigo que les ataca en lugar de defenderles.
Y es que para mí los primeros, siempre serán los últimos. 5/21/2008 Cuando no tienes donde caerte muertoAngelito era un bebe de seis meses que vino a Cochabamba acompañado de su mama. Ambos pertenecen a la comunidad de los chimanes en las selvas del Beni. Era su primera vez en una gran ciudad. Su mama fue trasladada al Hospital General de Cochabamba para ser tratada por una afección en la pierna. Angelito aparentemente estaba bien, sin embargo falleció a los pocos días tras ser internado de emergencia en el pediátrico, cuando su mama fue dada de alta por su afección.
Angelito tuvo la mala suerte de pertenecer a una comunidad donde los adelantos de la modernidad no están a su alcance. Angelito no pudo descansar ni siquiera tras su fallecimiento. Angelito no tenía donde caerse muerto. Las dificultades para poder dar cristiana sepultura a Angelito fueron insalvables. Angelito no tenía papeles. No disponía de certificado de nacimiento. Creo que en la selva todavía no hay una oficina de la Corte Electoral, ni Registro Civil alguno. Dificilmente Angelito, en su corta vida, tuvo ocasión de ser registrado. Angelito falleció un viernes por la tarde, así que también resultaba dificil poder hacer los trámites alternativos para poder registrar a una persona indocumentada. Todas las oficinas registrales necesarias estaban cerradas.
Así que nos encontramos con el cuerpo de Angelito sin poder ser enterrado en el Cementerio General de Cochabamba, por no disponer de los permisos oportunos. Decidimos velar el cuerpo hasta el sábado en el Buen Samaritano, lugar que había sido su residencia durante la convalecencia de su mama. Angelito estaba radiante. Los de la funeraria acostumbran a vestir a los niños de ángeles, con sus alitas, su corona y con sus manitas sosteniendo un lírio, la una, y una rosa blanca, la otra. No faltaba ni si quiera una pelotita y un sonajero que delataban la corta edad de Angelito.
Celebrada la Santa Misa, en el comedor del Buen Samaritano, y en la que pedimos a Angelito que intercediera por nosotros ante Papa Dios, nos dispusimos a buscar un cementerio alternativo para que Angelito pudiese descansar en paz. Alguien comentó que los cementerios de las comunidades del sur, en los extraradios de la ciudad, solían aceptar a los difuntos sin papeles por unos cuantos pesos a cambio. Así que me dispuse a cerrar el cajón que contenía a Angelito. Coloqué la tapita blanca del cajón que tenía una ventanita para que Angelito pudiese asomar su carita por ella. Cogí el cajoncito bajo mis brazos y lo cargue en la tina de la camioneta. Eso si, antes protegí la ventanita con un cartón que encontré en el suelo, para que el fuerte sol no molestase mucho a Angelito.
Pronto estuvo toda la comitiva lista en la camioneta para acompañar a Angelito y a su mama, camino del cementerio de Uspha Uspha. En la carretera, rumbo a esta comunidad y antes de llegar, divisamos un cementerio al otro lado del río, así que tras preguntar por dónde se accedía, nos dirigimos a él con la confianza de encontrar un encargado que aceptase enterrar a Angelito. No fue así. Tras hablar con varias personas, telefoneamos al dirigente de la comunidad que no aceptó de ninguna manera, ni siquiera con plata por delante, nuestra propuesta. Así que algo decepcionados, volvimos a cargar a Angelito en la tina camino de otro cementerio más acogedor.
Esta vez yo, junto con otros dos hermanos, acompañamos a Angelito en la tina de la caminoneta. Ahí estaba Angelito a mis pies, asomando su cara por la ventanita cada vez que el viento retiraba el cartón dejando bajo el sol su carita. Por fin llegamos a Uspha Uspha. De nuevo la decepción. No había cementerio. Pero nos indicaron como llegar a uno que estaba muy cerca de la comunidad de San Juan. Así de nuevo toda la comitiva samaritana, un hermanito, el cuidador del hogar, el doctor de solidaridad, la hermana, la enfermera, la mama de Angelito y yo, montamos en la camioneta camino de un nuevo cementerio. Ya era tarde, el sol calentaba fuerte y todavía no habíamos podido almorzar, así que el cansancio se hizo presente también para acompañar nuestra comitiva.
Por fin de nuevo estábamos frente a un cementerio. Pero la señora que regentaba una tiendita cerca de él nos desalentó: "Aquí ya no se entierra, es más, andan ya desalojando a los muertos que ya tienen tiempo". Sin embargo, muy amable nos indicó un nuevo cementerio más adelante. Ya excepticos, de nuevo, nos dirigimos entre los cerros a otra comunidad. Cuando llegamos, allí mismo estaba el responsable del cementerio acompañando a una familia que celebraba el año de difunto de un familiar. Parecía que sí era posible, la hermana y el doctor estuvieron hablando largo y tendido con el responsable. Ya el resto de la comitiva no nos molestábamos en bajar y mucho menos cargar con Angelito hasta alguna de las sombras del recinto sacro. Pero la ilusión duró poco, no se podía tomar una decisión así sin consultar con la comunidad, así que tendríamos que esperar hasta el domingo por la tarde cuando la comunidad tenía una asamblea donde tratarían el tema junto con otros.
Decepcionados decidimos volver al Samaritano para continuar velando a Angelito en el comedor. De regreso, ya por la tarde y sin almorzar, vimos un boliche de la carretera donde vendían empanadas. Así que todos convenimos que sería un buen sitio para reponer fuerzas y comer un poco antes de regresar a casa. Angelito se quedó en la tina de la camioneta esperando que su mama y todos los acompañantes comiésemos un bocado reponedor. Renovadas las fuerzas, retornamos de regreso, de nuevo para velar, por no se sabe cuanto tiempo más, el cuerpo de Angelito, cuyas alitas ya andaban un poco chuecas y descolocadas. 5/16/2008 Cuando un hospital se convierte en prisiónLa vida en ocasiones se convierte en una paradoja cruel. Fátima es una jóven de 20 años que fue privada de libertad, pero ya hacía un mes que había sido liberada, tras cumplir su condena. Pero las fatalidades de la vida hicieron que tuviese una dolencia intestinal y que fuese ingresada en el Hospital público. Por supuesto, en ningún momento, ni siquiera se imaginó poder disfrutar de los servicios sanitarios de un hospital privado. Ahora el hospital se ha convertido en su propia cárcel, ya que ni ella ni su familia tiene forma de recaudar la planta necesaria para saldar la cuenta de su sanación.
Esta situación es un hecho habitual en los hospitales públicos. Ningún paciente puede abandonar el hospital hasta que salde su cuenta, incluso si ya está en situación de alta. La seguridad privada del centro se ocupa de asegurar que así suceda. Por supuesto, que hay un departamento de trabajo social que se ocupa de valorar la situación de las familias y, si así lo requiere, rebarjar o incluso condonar la deuda adquirida con el hospital, ya que existe un presupuesto para estás situaciones aportado tanto por el Departamento como por la Alcaldía. Sin embargo, en muy pocas ocasiones se da la posibilidad de condonación. El trabajo de las Visitadoras Sociales consiste en presionar a las familias para que consigan la plata y así acaban mendigando por todos los servicios sociales o amigos y familiares, unos míseros pesos para saldar su deuda sanitaria.
Fátima desde que fue dada de alta no cesa de llorar. Su mama, una paceña que manifiesta las profundas raíces de su cultura, lleva deambulando de parroquia en parroquia, de vecino en vecino, para conseguir los 5.000 bs que le exige la Visitadora Social, después de que ya haya depositado 1000 bs y nosotros mismos hayamos apoyado con otros mil. La cueldad y la desgracia se ha cebado desde hace años con esta familia. La mama de Fátima también fue carne de presidio hace un año, aun todavía tiene que presentarse semanalmente a la policía. Su pareja, también en la cárcel, recibe apoyo de la Pastoral Penitenciaria, y los tres hermanos de Fátima, menores de edad, viven en un cuartito alquilado a las afueras de la ciudad, esperando que se resuelva la situación. Porque son Fátima y su mama, las únicas que pueden llevar algo de plata a casa con su tratajo de lavanderas en casas particulares.
En la última visita que me hizo la mama de Fátima sus ojos no cesaron de llorar y de expresar el dolor que sentía por no poder llevar a su hija a casa. Además, sus sollozos manifestaban su gran preocupación, porque de nuevo Fátima sufríó un ataque de epilepsia, la cual padece desde adolescente. Parece ser que su nueva prisión sanitaria está más preocupada de que cancelen la cuenta que de su tratamiento. Como la dolencia por la que fue hospitalizada corresponde a la especialidad de Gastro, parece que la epilepsia no tiene el derecho de ser tratada y menos si no hay recursos para ello.
Al despedirse esta noble paceña, todavía con sus ojos rasgados, quiso pagarme nuestro apoyo y orientación lavando la ropa de nuestros hogares, como si lo único que ella pudiese ofrecer a esta sociedad, para recibir algo a cambio, fuese la fuerza bruta de sus brazos para sacar la mugre de la ropa agena.
Lamentablemente la orientación de la gestión en el hospital parece regirse no tanto por los criterios de los derechos humanos, si no por los parámetros del déficit y del superhabit, convirtiendo a la Visitadora Social en una discapacitada afectiva, incapad de descubrir en la vida de Fátima y su mama las huellas de una vida arrollada por la pobreza y la delincuencia.
5/9/2008 Funeral en La CoronillaHoy hemos celebrado el funeral de Jonás en La Corinilla. Lamentablemente no es el primero, ni el último.
Jonás tenía 27 años, la mayor parte de ellos viviendo en la calle. Compartía la vida con Magdalena, su pareja inseparable, con la que había tendio un hijo que yo todavía no conozco. Jonás y Magdalena son portadores del VIH. A Jonás las enfermedades oportunistas le minaron la vida. Le había trasalado al Hospital, pero no aguanto la semana. Llevaba dos días en la morgue, cuando nosotros avisamos a Magdalena, a través de un amigo. No se lo creía. Rompió a llorar. Parecíera que aquella carita llena de recuerdos violentos inscrustados en la piel, fuera incapad de expresar el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, la pérdida de Jonás borró cualquier vestigio de dureza del rostro de Magdalena.
A pesar de la carencia de medios, en La Coronilla no podía faltar el velorio para Jonás. Pronto se organizaron y buscaron a Celestino para que cediese su pahuichi (chabola) para el velorio. No faltaron las velas, ni las flores. Todos aportaron algo.
Llegamos en las primeras horas de la tarde. El calor parecía más insoportable en aquella vaguada llena de restos de botes de clefa, ropa sucia, basura y excrementos. Mujeres, hombres, adolescentes y niños, compartiendo camastros, trastos y alguna frasada (manta) ya vieja y roída.
Prestos sacaron el cajón que iba a albergar a Jonás para toda su eternidad, al exterior, fuera del pahuichi donde había sido velado. Magdalena a la cabeza llorando gritos, sollozando lamentos. Todos muy respetuosos rodearon la escena. Algunos todavía con los ojos extraviados por la inhalación de clefa.
Resulta dificil hablar del Dios de la vida en ese escenario y a esos hermanos. Sin embaro, ellos se convierten en signos visibles del crucificado. Nadie dudo en decir unas palabras y en pedir al Padre y al propio Jonás. Ellos nos mostraron, ellos mismos nos revelaron. "Jonás cuidanos desde el cielo. Que no suframos como tu has sufrido. Que podamos vivir una vida sin violencia y con mejores condiciones". Esas fueron las palabras más o menos literales de uno de los líderes, de uno de los compadres de Jonás.
Magdalena me hizo señas para que yo hablase. Pero estaba mudo, tratando de asimilar aquellas palabras, para que no se quedasen sólo en meras palabras. El Evangelio leído por uno de los chicos que sabía leer, decía: "Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida. Después todo, silencio, salvo los sollozos de Magdalena. |
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