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6/11/2008 Cuando los linchadores se equivocanHoy no me puedo sacar los gritos de Pedro de mi cabeza. Iba de visita al hospital para acompañar a uno de nuestros protegidos del que algún día contaré su historia, cuando, por las escaleras, camino del tercer piso, me llamaron la atención unos gritos entrecortados. Según llegaba a ese tercer piso, los gritos se hacían más fuertes y agudos. Ya en la puerta de la habitación que iba a visitar, pude comprobar que los gritos salían de dentro y en los que pude intuir que era un fuerte dolor el que los provocaba. Así, cuando entré, bajo la ventana pude ver a Pedro, sentado en una silla de ruedas, intentando que ni un centrímeto de su bata hospitalaria tocase su piel. Pedro estaba quemado desde la barbilla hasta los pies. El dolor que mostraba a través de su rostro, le impedía estar en silencio y cada cinco minutos su garganta soltaba un quejido que rápidamente se convertía en grito.
Susurrando, Demetria me explico: "También es de los nuestros. Le ayudamos. Le quemaron vivo con gasolina porque le culparon falsamente de un robo. Pedro no era culpable".
Apenas pude saludar al otro chico que iba a visitar. Mis ojos permanecían fijos en Pedro. Él apenas pudo mantener su mirada a modo de saludo. Si un linchamiento ya es deplorable de por sí, en este caso el corazón y la mente a penas pueden gestionar los sentimientos y las ideas que provoca.
Pedro tuvo la mala suerte de ser pobre, de vivir en un barrio del extraradio, de ser sospechoso por su juventud, su aspecto, su falta de trabajo. Pedro no pudo escapar a una ira irracional que nunca se planteó la posibilidad ni el beneficio de la duda. Alguien le acusó y ya está.
Finalmente conseguí animar a Pedro para que se dejase pinchar los calmantes que habíamos traido. Se negaba. Pensé que mis palabras podrían traerle algún alivio, sin embargo no recibí respuesta. Su garganta quemada no cesaba de gritar. Sólo pude identificar un entrecortado no al mezclarse con uno de sus lamentos, cuando las enfermeras se lo llevaban para abrigarle con una manta e intentar acostarlo para administrale los calmantes. |
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